No fue el vendaval ronco el que rompió tu tronco, ni fue el hachazo grave del leñador, que sabe has de volver a nacer.
Fue tu espíritu fuerte el que llamó a la muerte, al hallarse sin nidos, olvidado de los chopos infantiles del prado.
Fue que estaba sediento de pensamiento y tu enorme cabeza centenaria, solitaria, escuchaba los lejanos cantos de tus hermanos.
Yo te vi descender en el atardecer y escribo tu elegía, que es la mía.
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